
En el aniversario 88 de la Expropiación Petrolera, desde Salamanca surgió un mensaje que intenta mirar más allá de la nostalgia. El gerente de la refinería local planteó que la transición energética debe convertirse en el siguiente paso para Pemex. Su argumento fue que honrar el legado petrolero no implica quedarse inmóvil. La declaración llega en un momento de presión financiera, exigencias ambientales y cambios tecnológicos. Decirlo desde una refinería emblemática le da un peso político evidente.
Durante años, la conversación energética mexicana ha oscilado entre defender el petróleo como soberanía y exigir una ruta más limpia. Salamanca condensa bien esa tensión por su historia industrial y por su dependencia económica de la refinación. Hablar de transición desde ahí no significa borrar el pasado, sino discutir un futuro viable. Pemex no puede ignorar la descarbonización global, pero tampoco puede transformarse por decreto. El cambio exige recursos, planeación y tiempos creíbles.
El valor del mensaje está en reconocer que los desafíos actuales ya no son los de otra época. Persistir sin adaptación puede volver más vulnerable a la empresa y a las regiones que dependen de ella. Pero una transición mal diseñada también afectaría empleo y operación local. Salamanca necesita menos consignas y más rutas realistas de modernización productiva. Transformar el legado, en este caso, puede ser la mejor forma de mantenerlo vigente.
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Fuente: Redacción











