
Mali vivió este 25 de abril una de las ofensivas insurgentes más amplias de los últimos años, con ataques simultáneos contra instalaciones militares e infraestructura en Bamako y otras ciudades. Reuters reportó explosiones y tiroteos cerca de la principal base militar en Kati, además de hechos en Mopti, Gao y Kidal. La magnitud de la operación obligó al cierre del aeropuerto de la capital y dejó en evidencia que la inseguridad sigue profundamente arraigada pese a los cambios de estrategia del gobierno militar. No se trata de un episodio aislado, sino de una escalada que reactiva viejas preguntas sobre control territorial y eficacia estatal. En el Sahel, la violencia vuelve a recordar que los equilibrios siguen siendo muy frágiles.
Las autoridades malienses aseguraron haber retomado el control de varias posiciones hacia el mediodía, aunque las operaciones de barrido continuaban. Organismos como la ONU y la embajada de Estados Unidos describieron la situación como ataques complejos y simultáneos, una expresión que suele utilizarse cuando la coordinación insurgente es especialmente alta. Aunque no hubo una atribución oficial inmediata, fuentes señalaron la posible participación de grupos vinculados a Al Qaeda y del Frente de Liberación del Azawad. Esa combinación explicaría el alcance territorial del operativo y la presión sobre varias ciudades al mismo tiempo. Para el gobierno de transición, el golpe es político y militar. La ofensiva tiene además un trasfondo regional importante. Mali lleva más de una década atrapado entre insurgencia yihadista, separatismo tuareg, golpes de Estado y alianzas cambiantes con actores externos. El gobierno de Assimi Goita ha buscado apoyo de mercenarios rusos y, al mismo tiempo, ha insinuado acercamientos con Washington en materia de inteligencia. Sin embargo, los ataques de hoy muestran que ninguna de esas apuestas ha estabilizado todavía el país. Cuando los grupos armados conservan capacidad para golpear varios puntos en pocas horas, la sensación de control estatal se erosiona rápidamente.
Para la región y para la comunidad internacional, la lección es incómoda pero conocida. El deterioro de la seguridad en Mali no permanece contenido dentro de sus fronteras, porque alimenta desplazamientos, tráfico ilícito e inestabilidad en una franja ya castigada del continente. La jornada del 25 de abril eleva la presión sobre el gobierno militar y vuelve a poner el foco sobre el fracaso acumulado de varias fórmulas de contención. La estabilización del Sahel sigue apareciendo como una meta lejana. Y cada ataque coordinado como este confirma lo difícil que será acercarse a ella.
#Internacional #Mali #Seguridad #Africa #RedPopular
Fuente: Reuters Y REDACCION











