
Pénjamo volvió a quedar marcado por un ataque armado de enorme crueldad. La noche del viernes, una familia que convivía afuera de su casa en la colonia Lázaro Cárdenas fue atacada por hombres armados que llegaron en motocicletas y dispararon sin mediar palabra. El saldo fue de tres personas muertas, entre ellas un niño de apenas tres años. Uno de los adultos fallecidos fue identificado como José Juan Barrios Torres, de 53 años. La escena, además de brutal, dejó claro que la violencia en Guanajuato sigue entrando a espacios totalmente domésticos y cotidianos. Los primeros reportes señalaron que el ataque ocurrió alrededor de las 8:45 de la noche y que vecinos escucharon más de treinta disparos de armas de alto calibre. Esa sola descripción explica el nivel de pánico que se vivió en la zona y la rapidez con la que empezaron a sonar las llamadas de emergencia. Policías municipales llegaron poco después y encontraron casquillos dispersos sobre la calle y los cuerpos de las víctimas en el lugar. A la movilización se sumaron otras autoridades para acordonar el área y respaldar las diligencias. Sin embargo, hasta el cierre de los reportes no había personas detenidas.
Este tipo de crimen golpea de una forma especial porque rompe la idea básica de refugio. Una casa, una banqueta y una reunión familiar deberían ser el punto más lejano posible del terror armado, no su escenario. Cuando un menor muere en una agresión así, la indignación pública crece con razón, pero también se hace más evidente la falla estructural del entorno de seguridad. No alcanza con llegar después, contar casquillos y abrir carpetas de investigación. Hace falta inteligencia preventiva, mejor lectura territorial y capacidad para desactivar patrones antes de que se traduzcan en tragedias irreparables.
La respuesta institucional tendrá que ser mucho más que una condena formal. Pénjamo y la región necesitan una investigación seria que esclarezca móviles, identifique responsables y no permita que otro expediente se diluya entre estadísticas. También urge una estrategia que no normalice que hombres armados en motocicleta sigan operando con tanta facilidad. Romper esas inercias implica tecnología, coordinación y firmeza, pero siempre con respeto a derechos y garantías. Si no se cambia la lógica de prevención, la sociedad seguirá enterándose de los ataques solo cuando ya es demasiado tarde.
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Fuente: AGENCIAS Y REDACCION










