
María Guadalupe García Hernández relató este lunes su experiencia como trabajadora del hogar en Irapuato. Lleva diez años dedicada a labores domésticas y actualmente presta servicio en dos viviendas. Sus jornadas pueden alcanzar entre diez y 12 horas diarias. El ingreso obtenido le ha permitido sostener a su familia y atender responsabilidades personales. Su historia muestra una actividad indispensable para la organización de muchos hogares.
La trabajadora comenzó por necesidad económica y por la posibilidad de cuidar a sus hijos. Para obtener su primera oportunidad recorrió calles ofreciendo sus servicios. Con el tiempo aprendió rutinas distintas de limpieza y cuidado en cada vivienda. También describió episodios de discriminación y trato desigual. Esas prácticas revelan prejuicios que todavía acompañan al empleo doméstico.
El trabajo del hogar sostiene cuidados, limpieza y actividades cotidianas en miles de familias. Quienes lo realizan necesitan ingresos suficientes, respeto y condiciones claras. También requieren jornadas compatibles con su propia vida familiar. El caso abre una conversación sobre dignidad, derechos laborales y reconocimiento social. En Irapuato, la historia coloca rostro humano a una economía que suele permanecer invisible.
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Fuente: Redacción











