
El apagón prolongado que afectó al mercado Benito Juárez y a negocios cercanos en Irapuato dejó ver la vulnerabilidad cotidiana del comercio popular frente a fallas eléctricas de larga duración. Los reportes señalaron que la falta de energía se extendió por más de doce horas, suficiente para alterar ventas, manejo de mercancía y operación básica de locales. En un centro de abasto, la electricidad no solo sirve para iluminar pasillos, sino para conservar productos, mover equipo y sostener el ritmo de compra y venta. Cuando el servicio se interrumpe durante buena parte del día, el problema deja de ser una molestia y se convierte en pérdida directa. El impacto se siente con mayor fuerza en negocios de bajo margen, donde cada jornada cuenta. Entre los giros más afectados estuvieron las carnicerías y otros establecimientos que dependen de refrigeración continua para resguardar producto perecedero. La incertidumbre crece rápidamente cuando no hay claridad sobre el tiempo de reposición, porque las y los comerciantes deben decidir entre esperar, desechar o improvisar soluciones costosas. A eso se suman consumidores que modifican sus compras o posponen visitas al mercado ante el desorden operativo. La falla eléctrica también puede arrastrar afectaciones a colonias vecinas y hogares que dependen del mismo circuito. En ciudades con clima variable y alta actividad comercial, la estabilidad del suministro es parte de la seguridad económica diaria.
Más allá del episodio puntual, el caso exhibe un tema estructural: la fragilidad de la infraestructura urbana para responder a tormentas, sobrecargas o fallas técnicas sin castigar a los pequeños negocios. Los mercados tradicionales cumplen una función central en el abasto local y su resiliencia debería ser prioridad, no asunto secundario. Cuando un corte de luz golpea carnicerías, cocinas económicas, tiendas y puestos de alimentos, el efecto se reparte entre proveedores, vendedores y familias compradoras. No hace falta una crisis mayor para desordenar la cadena; bastan varias horas sin servicio en el lugar equivocado. Por eso la electricidad es también una política de cuidado del consumo popular.
La experiencia deja una lección clara para Irapuato. Hace falta mejorar mantenimiento preventivo, tiempos de respuesta y canales de información pública para que comerciantes y usuarios no enfrenten el problema a ciegas. En nodos de abasto, además, conviene pensar en protocolos y soluciones técnicas que reduzcan pérdidas cuando ocurre una interrupción extensa. Modernizar redes y atender puntos críticos no es un lujo tecnológico, sino una medida concreta para proteger economía local y seguridad alimentaria urbana. En un mercado, cada hora sin energía pesa mucho más de lo que dice un reporte técnico.
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Fuente: AGENCIAS Y REDACCION











