
Mientras México se prepara para la Copa del Mundo, cientos de niños migrantes y refugiados ya juegan la suya en la capital. Desde finales de febrero entrenan en canchas improvisadas para un torneo previsto a finales de abril. La iniciativa se llama Goals for Inclusion y cuenta con apoyo internacional y del gobierno capitalino. Los menores viven en albergues y cargan historias atravesadas por desarraigo, violencia y espera. En ese contexto, el balón funciona menos como entretenimiento y más como un respiro.
El proyecto reúne a niñas y niños de distintas nacionalidades que hoy permanecen en tránsito o varados en México. Muchos no saben si seguirán hacia el norte, si se quedarán o si volverán a empezar en otro sitio. Esa incertidumbre suele producir aislamiento, ansiedad y sensación de encierro en edades tempranas. El torneo intenta romper esa rutina con juego, comunidad y un espacio seguro. No resuelve su situación migratoria, pero sí les devuelve por unas horas la experiencia de pertenecer a un equipo.
La historia tiene una fuerza simbólica enorme en vísperas del gran Mundial comercial y televisado. Aquí no se disputa un trofeo global, sino el derecho de la infancia a tener un lugar propio. El fútbol recupera una dimensión básica que a veces la industria olvida. Sirve para integrar, bajar tensiones y humanizar una crisis demasiado burocratizada. La imagen de esos niños entrenando dice mucho del presente migratorio de la región.
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Fuente: Reuters











